Los niños correteaban por las calles entrelazándose con los transeúntes.
“¿A que no me pillas?” decía el chico que con fuerza y empujones se abría paso,
la niña más comedida se dejaba llevar por las corrientes que el niño provocaba.
A medida que salían de la plaza había menos y menos gente, una sensación
gratificante para todos aquellos que se agobian con las aglomeraciones.
Un joven paseaba tranquilamente por los alrededores de la
plaza con una chica. Aquella chica era poco más alta que él, estaba bastante
abrigada y sus mejillas coloreadas por el frío. Los niños se detuvieron ante
ellos, se miraron y con una risa tímida los niños se volvieron a adentrar en la
muchedumbre. El chico, también abrigado, cogió del brazo a la joven y
continuaron con una pequeña carrera por las calles. Se detuvieron al ver un enorme árbol de
Navidad rodeado por mucha menos gente que la de aquella plaza. Acercándose
lentamente observaron las diferentes figuras que adornaban el árbol luminoso.
Ella cogió su cámara y empezó a fotografiar y el chico la
miraba con admiración. Ella al darse cuenta de ello se sonrojó aún más, y dejó
que el vaho desprendido por su boca hablara por ella. Él bajó la mirada y
torció una sonrisa.
- ¿Recuerdas cómo comenzó todo?- Preguntó con mirada al
pasado el joven.
Ambos comenzaron a recordar momentos, historias, detalles y
todo ello acompañado de risas. Ella no paraba de frotarse las manos por el frío
y él, al darse cuenta, colocó su mano de tal manera que protegiera la suya. Ambas
manos se agarraron y los ojos de ambos iluminados por las luces de navidad
enviaban un claro mensaje. El amor no es cosa de la Navidad, el amor tampoco es
una cosa del destino; el amor es una cosa entre tú y yo.
